
Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros;
hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua,
en lo que a mí se refiere soy incapaz
de imaginar un mundo sin libros.
Jorge Luis Borges
La tarde del miércoles 27 de noviembre de 1985, luminosa y cálida, había congregado a un grupo de amigos y admiradores de Borges, que sin saberlo, lo estaban despidiendo de su Buenos Aires natal.
Curiosamente, este hombre incapaz de imaginar un mundo sin libros y que muy temprano había descubierto que su destino sería literario, se despedía de su ciudad amada en una librería, una pequeña librería.
Nadie más que él, supo esa tarde que aquella reunión era una despedida. ¿Quién podía imaginar Buenos Aires sin Borges? ¿Quién podía pensar que Borges no era inmortal?
El pretexto de la reunión había sido un homenaje. Una exposición de sus libros se inauguraba esa tarde. Por primera vez, se organizó en el pequeño local de mi librería de la calle Arenales 1723, una muestra de todos sus libros en primeras ediciones. Un amigo bibliófilo, don José Grilardoni, aportó su completísima colección para poder hacer la exposición. Borges la inauguraba con su presencia. Durante muchos días hablé con él sobre el tema. Tratándose de un homenaje, no quería hacer nada que no le gustara. Al principio me aclaró que él no conservaba sus primeras ediciones y que, como Oscar Wilde, prefería las segundas y terceras. Le expliqué que tenía los libros y se sorprendió de que hubiera gente en el mundo que se preocupara por conservarlos. Sugirió que no expusiéramos los tres libros que él había puesto en el Index: Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza y El idioma de los argentinos, y a pesar de que acepté su deseo sin la menor discusión, finalmente, pocos días antes de la inauguración, quiso que los incluyera; «si los consigue, puede ponerlos también», me dijo.
Todo quedó convenido. El miércoles 27 vendría a la librería para inaugurar la muestra, y el jueves 28 debía viajar a Italia. A pesar de la falta de tiempo y de algunos compromisos contraídos, el día convenido estaba con nosotros, con sus libros y entre libros.
El pequeño recinto parecía no poder contener la grandeza de este hombre que admiramos. Sencillo, afable y hablador, compartió aquella tarde con un grupo de amigos y admiradores. Grande fue su alegría al encontrarse después de mucho tiempo, con su amigo Adolfo Bioy Casares. Rápidamente retomaron sus proverbiales diálogos, llenos de humor, riqueza y fina ironía, hasta tuvieron tiempo para consultarse frases y palabras que habrían de escribir. Tampoco Bioy supo que esa era la última tarde de Bustos Domecq.
El ajedrez, las librerías, Buenos Aires, sus viajes, fueron temas que surgían de sus labios mientras firmaba sin ver los libros que le acercaban y que inevitablemente preguntaba cuál era, para agregar algún comentario sabroso: “Historia universal de la infamia… pensar que cuando escribí este libro no sabía qué era la infamia. Después la vida me lo enseñó”.
Así fue transcurriendo el tiempo, en ese clima de encantamiento y fascinación que provocaba su sola presencia. Cuando llegó el momento de irse, que fue demorado deliberadamente, se despidió de todos diciendo que pasaría la Navidad en Italia y que luego iría a Ginebra. Todos le deseamos un buen viaje y nadie le creyó cuando dijo que no volvería.
Sin saberlo, con nuestro modesto homenaje, habíamos tenido el privilegio de compartir con Borges su última tarde en Buenos Aires, cómo él seguramente, siempre hubiera querido: con amigos y entre libros.
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Alberto Casares, “La última tarde de Borges en Buenos Aires”, publicado en Proa en las Letras y en las Artes, n.º 23, tercera época (mayo/junio de 1996), y reeditado por el autor en agosto de 1999, al conmemorarse el centenario del nacimiento de Borges.
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Cita de Adolfo Bioy Casares, en su libro “Borges”, donde habla de aquella tarde:

Bioy Casares, Adolfo: BORGES. Edición al cuidado de Daniel Martino. Primera edición. Barcelona, Ediciones Destino, Colección Imago Mundi, 2006.
«Martes 26 de noviembre de 1985. Hablo con Borges, que se va y dice: “No estoy bien”. Hablo con Alberto Casares, que mañana inaugura en su librería una exposición de primeras ediciones de Borges.

Miércoles 27 de noviembre de 1985. Llama Pancho Murature, para que lleve esta tarde a Borges a lo de Alberto Casares. Le digo: «Borges vuela a Italia». Llama Casares: «Borges se quedó y viene a la librería». Por la tarde voy a la librería. Borges está de buen aspecto. […) Lo llevan a las ocho y media.»












































