Lo conocí deambulando como un ciego por Buenos Aires buscando libros de Baldomero Fernández Moreno. El poeta siempre me gustó… pero mucho más me gustaba la mujer de la que me había enamorado locamente. Ella recitaba sus poemas de memoria desde pequeña y cuando la vi por primera vez quedé encandilado. Aún me pasa.

Entré a esa librería de techos hasta el cielo, de textos infinitos, esa sensación que dan las estrellas a veces cercanas y otras veces imposibles de llegar. Y allí en medio de ese universo; Casares. ¡Si! me parece que lo estoy viendo, ahora mismo, como aquella primera vez, mirándome por arriba de los anteojos, yo…me sentía como una sandía calada.

—Ahá… —me dijo—… Baldomero… ¿Y… qué anda buscando?

Le conté lo que quería y deslicé como al pasar el motivo. Ahí me di cuenta de que él sabía mucho, mucho del poeta y él se dio cuenta que yo era un principiante más enamorado que erudito. Me mostró algunos libros que para mí fueron los comienzos de una colección enorme que fue creciendo con los años. Junto a esos libros, únicos, muchos estaban firmados por el primer poeta urbano de esta ciudad, y así de a poco con los años, fue creciendo la colección y una amistad.

—Mire Doctor (nunca nos tuteamos) tengo algo para ese aniversario de casado que me pidió… Mi amigo, tengo unas cartas de Baldomero que seguramente, le van a gustar…

Como se podrá intuir en la palabra «aniversario», efectivamente me casé con aquel amor. Casares disfrutaba al envolver los libros, con ese papel marrón oscuro, ponerlo prolijamente en una bolsa y saber que irían a las manos de Karina, así se llama quien atesora cada libro desde «Las iniciales del Misal» primera edición 1915 hasta «Elegía de Alondra» publicado medio siglo después de aquel 1950, cuando partió en el barrio de Flores Fernández Moreno.

Pasaron muchos años y muchas veces las fechas y los deseos no coincidían con el fin de mes de bolsillos vacíos.

—Pero llévelo hombre…, mire… me lo paga cuando quiera y como pueda.

Y como un almacenero de poemas me anotaba el pedido en una libretita negra.

Para una Navidad no dudó en darme una colección enorme de cartas del poeta, ese extraordinario escritor que hizo desaparecer al médico que era y aparecer al que escribía sus primeros versos un día cualquiera en Chascomús.

Pasaron los años, Karina y yo tenemos una colección enorme de libros, cartas, fotos, esquelas. Están en dos vitrinas en el living, tenemos también dos hijos; uno se llama Baldomero y el otro Leopoldo.

Buenos Aires tiene una joya engarzada en Suipacha al 521 y en ella un diamante: Casares. Yo evoco siempre a este hombre con respeto y ternura. Para mí es y será siempre lo que reza Bertolt Brecht: «Hay hombres que luchan un día y son buenos, hay quienes luchan años y son mejores y hay quienes luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”.

                                                                                                                        Rubén Omar Sosa