En 1996, mi esposa Anastasia, griega, y yo argentino, residentes en Grecia viajamos para que ella conociera mi país. En nuestro recorrido por Buenos Aires nos encontramos frente al escaparate de la librería de Alberto Casares. Mi esposa tuvo atracción por entrar, y ni bien dimos los primeros pasos en su interior, quedamos sin palabras ante el ambiente de antigua sabiduría que emanaba de sus bibliotecas. En ese momento observamos la presencia de un personaje que con serenidad y amabilidad casi sacerdotal se acercaba a nosotros y nos ofrecía su ayuda para resolver nuestra necesidad respecto al tema.  Le dijimos que eramos turistas y que era la primera visita de mi esposa a la Argentina. Conversamos, y le comenté mi profesión dedicada a la pintura. Me preguntó si tenía algún catálogo de mis obras, hecho que le mostré y se interesó por una que le atrajo por su alegoría a la literatura, donde había un jarrón con flores, a su lado un libro, debajo de él unas hojas en blanco con un lápiz para apuntar y un pocillo de café, objetos interrelacionados sobre un mantel en una mesa frente a una ventana que dejaba pasar una luz otoñal que tenuemente se imprimía en la cortina dando paz y silencio.

Alberto Casares preguntó si esa obra estaba en venta, y de ser así, él tenía interés en adquirirla. Le respondí que sí, casi fuera de mí por la emoción al ver su disposición, mientras él expresaba que ese tema en especial le traía recuerdos de su padre, quién le relataba la amistad entre la literatura y el café, y que deseaba regalársela a sus hijos. Acordamos que se la enviaría. Hecho que así fue.
Tiempo después en la exposición que hice en el Teatro San Martín, Alberto Casares, me la cedió amablemente para acompañar a otros cuadros. Después la obra regresó a sus manos.

Antes de despedirnos, Alberto Casares le obsequió a mi esposa un pequeño libro de J. L. Borges en una presentación que había hecho en la isla de Creta, en Grecia, dedicándole estas palabras: Recuerdo de un encuentro en Buenos Aires.
Experiencia que agradecemos a Alberto Casares, por aquel momento irrepetible que dejó grabado en nuestra memoria.

Santiago Scalabroni Ceballos