Caminar por las calles del centro nunca fue algo de mi agrado, un lugar al que siento que no pertenezco, caos y ruido que me abruma y un poco me asusta también. Hay que saber que en ese espacio ajeno y caótico, existe un oasis que basta traspasar y en el momento que se cierra la puerta, todo se transforma: un suspiro permite observar y percibir una mágica calma. Una vez dentro de la librería, el ruido se vuelve música clásica, el tiempo va más lento y montones de libros de todo tipo -con un orden que envidio- se vuelven magia.

Nunca fui gran lectora, pero zambullirme en ese oasis mágico se grabó en mí de tal forma que casi puedo sentirlo mientras escribo este recuerdo y casi sin darme cuenta sonrío. 

 María Moreno