Debo aclarar que estas reflexiones parten desde la subjetividad de un librero enamorado del libro, donde no entran las estadísticas ni los «estudios de mercado», sino sólo la riquísima experiencia diaria de una actividad hecha con pasión y vocación. Para analizar la situación del libro en los albores del siglo XXI, deberían dejarse de lado una serie de leitmotivs que, desde todos los ángulos, se repiten como verdades irrefutables:
«cada día se lee menos» ; «en la civilización de la imagen, la TV ha desplazado al libro»; «el libro es cultura, la TV no»; «la computación, la informática, la internet, etc., están matando al libro»; «los chicos escriben mal porque no leen»; «los libros no deberían venderse en los supermercados»
Son éstas algunas de las verdades reveladas del mundo de la cultura. En realidad, no todo es así. El libro fue y es –no obstante su producción «masiva” –un objeto para minorías. El libro exige un esfuerzo especial, que no todos están dispuestos a realizar; pero la lectura tiene sus adeptos y los libros se venden. Sesenta mil ejemplares de Antes del fin, el último texto de Ernesto Sábato, vendidos en quince días, no deben ser la excepción que confirma la regla. Entonces, ¿cada día se lee menos? La superproducción y sobreoferta de libros ¿favorece la lectura o provoca un caos que no pueden controlar ni el librero, ni el lector? La globalización de la industria del libro, las cadenas de librerías, las «mega-librerías» y nuevas formas de comercialización del libro, hacen su aporte «a la confusión general». Producen la desaparición del librero profesional, que selecciona y orienta, y el lector que solo frente al caos, haciendo zapping entre las mesas desbordantes de novedades. El librero tratará de vender lo que el editor le envía, y acompañará al lector hasta la caja, esquivando montañas de libros prestados, que él no eligió, no pidió y solamente comprará una vez que los haya vendido.
El viejo tema de la TV y la informática compitiendo con el libro tampoco es tan cierto como se dice. Olvidamos que el libro también es imagen y lo fue mucho antes que la TV, pero es distinto y no necesariamente tiene que ser anulado por ella. De hecho, han convivido muchos años y es probable que esta convivencia continúe mucho tiempo más. Lo mismo sucede con la computación y sus adláteres, que han generado un nuevo género: los libros sobre computación (hay editoriales y librerías especializadas en el tema) que, lejos de desplazar al libro, se nutren de él y lo revalorizan.
El remanido tema de que «los chicos escriben mal porque no leen» tampoco es tan cierto. Fundamentalmente, los chicos (y los grandes) escriben mal porque se les enseña mal. A quien se le ha enseñado a escribir bien, escribe bien y seguramente lee mejor. El hecho mecánico de la lectura no garantiza futuros buenos escritores o redactores. Llegamos aquí a la destrucción de otro tabú: mal que nos pese, el libro no es siempre vehículo de cultura, ni siquiera de aprendizaje. Como todas las cosas hechas por el hombre, no siempre es perfecto ni siempre es bueno. En el fárrago de libros que a diario se imprimen y venden sobre la faz de la tierra, sólo un porcentaje pequeño se rescata como bueno y perdurable; lo demás forma parte de una vasta maquinaria que la sociedad de consumo no se permite detener.
Hechas estas consideraciones, y observando el movimiento editorial local –que es lo que nos interesa en forma inmediata– podemos ver con esperanza y optimismo el libro en el fin del siglo. Nuevas editoriales y nuevas colecciones de grandes editoriales han puesto especial esfuerzo en la publicación de autores y temas nacionales, en reimpresiones de viejos libros agotados y ediciones de libros inéditos en castellano. Así ha comenzado a saldarse una vieja deuda de las editoriales con los lectores. El fenómeno, iniciado hace unos años con las llamadas «novelas históricas», se ha afirmado recientemente con estas nuevas publicaciones. Es destacable también el hecho de que el libro haya llegado a las góndolas de los supermercados: todo lo que se haga por la difusión del libro debe ser bienvenido. El tema de la competencia leal o desleal es meramente comercial y no hace a la cuestión cultural de fondo, que es la que nos debe preocupar.
En definitiva, el libro goza de buena salud. En medio de una sociedad económicamente deprimida, con una escuela en seria crisis, y sufriendo «el asedio de la posmodernidad», el libro no sale mal parado y nos permite esperar su mayor vitalidad cuando entremos en los primeros años del nuevo siglo.
Alberto Casares
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Publicado en la Revista Criterio del 22 de abril de 1999, y reeditado en el desplegable Nº3 de la Sociedad de Estudios Bibliográficos Argentinos para la Peña del libro que convoca Luis Lacueva, en noviembre de 2002.




