Palabras para el Día Internacional del Libro, 23 de abril de 2003
Los buenos amigos y colegas de la Galería Buenos Aires me pidieron unas palabras con motivo de festejarse, hoy 23 de abril, el “Día internacional del libro”. Quienes estamos desde hace tantos años inmersos en este maravilloso mundo del libro conocemos su historia y sus múltiples perfiles, pero no nos resulta tan fácil transmitir en palabras lo que vivimos a diario en esta profesión de librero.
Jorge Luis Borges, ineludible cuando hay que hablar de libros, ha definido al libro como el más asombroso de los inventos del hombre. «De los diversos inventos del hombre; el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista, el teléfono es extensión de la voz. Luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación». Y no olvidemos que Borges vivió hasta el ocaso del siglo XX, cuando ya se había inventado casi todo. Don Gregorio Marañón en una celebrada reunión de libreros en Madrid, llegó a decir que el libro debía tener origen divino, porque, según él, había nacido perfecto y se conservaba en su diseño original a través de los tiempos.
Desde la invención de la imprenta por Gutenberg a mediados del siglo XV, el soporte del libro se ha mantenido con levísimas modificaciones. El Diccionario de la Real Academia Española ha definido al libro como: «Reunión de muchas hojas de papel, vitela, etc., ordinariamente impresas, que se han cosido o encuadernado juntas, con cubierta de papel, cartón, pergamino u otra piel, etc., y que forman un volumen», o sea, el mismo libro que se sigue imprimiendo hoy sobre la faz de la tierra.
Desde aquel lejano siglo XV el libro tal como lo conocemos, debió enfrentar nuevos inventos y descubrimientos que en su momento parecía que lo iban a herir de muerte. El cine, la televisión, los libros grabados en disco y en cintas magnetofónicas, las fotocopiadoras, la computadora, internet, el libro electrónico, el libro virtual; todos inventos que no solo no han podido destruir al libro, sino que lo han auxiliado y el libro ha convivido con todos ellos airoso y saludable.
Promediado el siglo XX, teóricos y especialistas comienzan a desarrollar sus teorías acerca de la desaparición del libro, al menos en su soporte original. Escarpit en Francia y como él, muchos otros especialistas han coincidido en esta «muerte anunciada». Sin embargo aquí estamos hoy y ahora, en un mundo inundado de libros, donde no sólo aumenta la producción de libros nuevos sino que se revaloriza lo viejo, y eso nosotros lo sabemos bien. La irrupción del libro y de la librería en internet, lejos de desplazarlo, lo ha puesto en la vidriera del mundo, y lo ha democratizado como nunca. Si con la imprenta se comenzó la gran popularización del libro, con internet se ha completado su difusión, permitiendo que cualquier persona «entre» en librerías especializadas de todo el mundo y descubra un universo de libros hasta entonces solo reservado para los iniciados y conocedores. Todo, en definitiva, contribuyendo a una mayor revitalización del libro en los albores del nuevo milenio.
Si esta es la situación del libro en nuestros días, debemos preguntarnos ahora, ¿cuál es la del librero? Asediado por las nuevas políticas de producción y de venta de los grandes grupos editoriales, desplazado por nuevos competidores: supermercados, farmacias, cadenas de librerías, etc., el librero tiende a desaparecer del mercado de libros nuevos y se refugia para sobrevivir en las librerías de viejo, donde —allí sí— está en su reino y resulta insustituible. Aquí, casi todos somos libreros de viejo y debemos convencernos de que en nosotros sobrevivirá la profesión. Es muy frecuente oír y leer que ya no quedan libreros y es cierto, porque esta nueva forma de comercialización del libro nuevo puede prescindir del librero. La librería no es más que un supermercado reducido donde el editor presta temporariamente sus libros para que se vendan no para que los venda un profesional. La librería, convertida entonces en un mero albergue transitorio de las editoriales funciona sin librero. Pero hay excepciones, los pocos libreros independientes y nosotros, los especializados en libros viejos, antiguos y agotados.
Es grande nuestra responsabilidad y al aceptar este desafío debemos poner todo nuestro entusiasmo, nuestra pasión y nuestro esfuerzo, para no quedarnos en la mera compra-venta de libros, sino mejorar día a día en la calidad y excelencia de nuestro servicio, cumpliendo con las obligaciones de seleccionar, recuperar, restaurar, ordenar y catalogar el patrimonio cultural que se nos confía. Nuestras librerías, además del comercio del libro, deben ser verdaderos focos de irradiación cultural y cada uno de nosotros debe reservarse un tiempo para hacer tareas de servicio que no tienen remuneración monetaria. Orientar, buscar un dato sobre determinado autor, libro o editor; completar bibliografías, y tantas otras cuestiones que a diario se nos presentan y a las cuales debemos responder con idoneidad y solvencia.
En este «Día internacional del libro», celebremos nuestra profesión con alegría y con esperanza. Muchas gracias.
Alberto Casares




