Inhalo.
Entro a la librería que es más un templo que un comercio.
Silencio.
Abunda silencio entre las letras que se cruzan en el aire.
Los libros conversan entre ellos, inconscientes del tiempo en tanto espacio.
Vivos y muertos se cuentan anécdotas, se ríen, se quiebran.
Nadie espera nada. La luz indirecta del sol ilumina el vacío y ahí, lleno de sí mismo, está mi tío Alberto. Cómo un párroco de las letras, como un guardián de los secretos. Recibe a cada peregrina, como yo, con un abrazo enorme que contiene todas las palabras.
Exhalo.
Mariana Casares




