A todo uruguayo lo sacude llegar a Buenos Aires porque todo es más rápido, más ruidoso y más vertiginoso. Varias veces llegué a la terminal de Buquebus y caminé por Avenida Córdoba hasta Suipacha, en medio de la locura porteña, pero al cruzar la puerta de la librería todo eso se desvanecía. Allí, en ese rincón creado por Alberto, entre libros antiguos y modernos, se encuentra un oasis de tranquilidad. La música suave y el calor familiar crea una atmósfera donde es posible sentirse como en casa. La generosidad de Alberto se manifiesta en pequeños gestos muy grandes: un ofrecimiento de comida, una pausa para almorzar por Lavalle, o Florida, o una caminata compartida hasta el Centro Cultural Borges. Y siempre, como un eco amable y constante, la despedida habitual: “no se vayan sin retirar su libro”.
Rafael Casares




